Con este amargor tan extraño me quedo mirando tu lado vacío de la cama. Las arrugas de las sábanas tienen la forma de un dragón que me mira amenazante. Un rápido manotazo convierte las arrugas en un feo caniche que casi me muerde ¿Por qué el lado vacío de tu cama siempre pretende asustarme? Me intento relajar buscando en el gotelé de la pared la forma de tu cuerpo, pero sólo encuentro la de tus pies. Ahora miro por la ventana y te veo volando sobre un precioso unicornio verde. Definitivamente tienes razón, tengo que dejar de leer tantos libros de caballería.
sábado, 12 de marzo de 2011
domingo, 30 de enero de 2011
ALICIA

Me escapé con una señorita con alas. Ella trabajaba matando princesas y se desmayaba bailando rock. La conocí en un motel sin carretera. A las afueras de las afueras. Donde solo habitan locos sin cura, perdedores convencidos, ganadores retirados y gente como tú y como yo. Viajaba con un gato persa al que me confesó liquidaría cuando se enamorara. Esa noche lo ahogamos en el retrete sin compasión. Pobre retrete, quedó lleno de pelos.
CUENTO DE INVIERNO

La chica del sombrero arrastra una silla por la nieve. Anda sin mirar atrás. Su cara no dice nada y eso provoca que en mí se despierten un montón de interrogantes. Me cuesta seguirla, siempre que estoy apunto de alcanzarla acorto el ritmo de mis pasos para no hacerlo.
Me gustaría ser Superman para ir volando hasta ella y preguntarle: “¿tiene algún problema, señorita?” Ella no sabría qué responder y yo me la llevaría volando en una hermosa mañana de invierno. Pero de momento no soy Superman, aunque no pierdo la esperanza, Estoy ahorrando dinero para una preciosa capa roja y empezar cuanto antes mis clases de vuelo sin dolor.
sábado, 22 de enero de 2011
Microrrelato ganador cadena ser. Emilio González. EL HOMBRE BALA.

Hace mucho tiempo que no cuelgo nada nuevo en mi blog y quería compartir con todos una buena noticia. Un microrrelato mio a resultado ganador semanal en el concurso a nivel nacional de micorrelatos de la cadena ser y escuela de escritores.
viernes, 14 de agosto de 2009
EL PROBADOR
Ya sé que no está bien pensar que tu padre es un imbécil. Pero lo teníais que haber visto observándome como a una aparición. Intenté todo lo que se hace en estos casos para echar a alguien de un probador; fingí una repentina tos, realicé un profundo suspiro e incluso hice el amago de quitarme la camiseta. Pero ni por esas. Opté entonces por la sinceridad y le invité a marcharse para ponerme mi disfraz de princesa. Él me contesto con la misma cara de imbécil que antes: Antoñito hijo ¿no prefieres un traje de vaquero?
LA ENTREVISTA
Acudí a mi entrevista de trabajo lo más peripuesto posible. Quería causar buena impresión. No me podía permitir estar mucho más tiempo sin una ocupación. Mi economía estaba en una situación demasiado crítica. Hice un último repaso a mi aspecto en el espejo del ascensor. Pensé que estaba algo demacrado para cuarenta y cinco años, también me di cuenta de que me estaba cagando y que me sudaban las orejas, siempre que me pongo nervioso me dan ganas de cagar. El ascensor paró en la 5.ª planta.Hice caso al letrero de la puerta y entré sin llamar. En la recepción una secretaria muy amable me indicó que pasara a un despacho. “En seguida le atiende”, me dijo con voz de contestador.
El despacho era grande y luminoso. Todo muy a la última. Una de las paredes estaba llena de diplomas (licenciaturas, títulos, masteres…) y la otra estaba plagada de fotos. En ellas se veía a un tipo alto y apuesto en diferentes momentos triunfales de su vida: recogiendo algún premio, al lado de una autoridad, incluso tenía un retrato con el Rey. En ese momento me di cuenta de dos cosas: que a ese cabrón de las fotos le iba mucho mejor que a mí y que mis ganas de cagar iba en aumento.
Miré el reloj. Llevaba diez minutos en ese lugar sin que nadie me atendiera. Decidí sentarme frente a la gran mesa que coronaba el despacho. Estaba llena de papeles y carpetas, todo muy ordenado. Entonces ocurrió. En un lado de la mesa vi algo que llenó mis orejas de gotitas y que produjo en mi estómago un retortijón que milagrosamente conseguí contener. No daba crédito a mis ojos. Estaba viendo claramente que encima de la mesa había una pistola.
Intenté tranquilizarme. Pero no podía dejar de mirar a aquella pistola, nunca había tenido una tan cerca. Me entraron unas ganas absurdas de cogerla. La empuñadura metálica estaba muy fría y pesaba más de lo que imaginaba. Como un niño que juega a vaqueros apunté a las fotos y comencé a pegar tiros ficticios, el sonido lo emitía con la boca bang, bang, bang... En mi imaginación maté a un concejal, un director de banco y dos alcaldes. Aunque el asesinato imaginario que más satisfacción me produjo fue el del Rey.
El sonido de la puerta del despacho al abrirse interrumpió mi juego, y me asustó. Me volví rápidamente hacia ella, como un muchacho travieso seguía sosteniendo y apuntando con la pistola. El tipo con suerte de las fotos me miraba, pero esta vez no sonreía. Luego todo fue muy deprisa. El sonido ensordecedor, el olor a pólvora, los gritos de la secretaria y yo que me había cagado en los pantalones.
EL INCREDULO (nuevo)
La oferta de trabajo me hizo sonreír, pensé que seguramente se trataba de alguna broma estúpida perteneciente a algún programa de televisión. Gravarían a los pobres incautos con cámara oculta para luego en pleno prime time reírse a costa de ellos.
No obstante, el anuncio me hizo reflexionar sobre mi condición de incrédulo. Porque el no creerme el contenido del anuncio me convertía, automáticamente, en un buen aspirante al trabajo ofertado. Volví a sonreír al descubrir la divertida paradoja que se producía con todo esto.
Mientras encendía el ordenador y escuchaba sus ruidos mecánicos seguí indagando más profundamente en mi incredulidad. Ciertamente, yo era un tipo bastante escéptico, debido quizás a mi labor como trabajador social, en la que, día a día, tenía que convivir con mendigos, emigrantes ilegales, drogadictos, putas, adolescentes inadaptados, presos y un sinfín más de desheredados sociales. Vivir tan cerca ese tipo de situaciones me hacía desconfiar de eso que llaman la bondad del ser humano.
En mi vida de pareja soy feliz. No creo en el amor y en eso radica, precisamente, el secreto de mi éxito. Me casé con mi mejor amiga, una manera práctica de sentir equilibrio emocional sin grandes riesgos ni complicaciones.
El ordenador ya estaba preparado para mandar mi currículum con foto incluida, no obstante, apreté al ENTER con recelo. Ahora solo tenía que esperar.
A las dos semanas una voz fría y metálica me informó de que había sido preseleccionado para aquel trabajo, me sorprendí un poco cuando me comunicaron que ellos mismos pasarían a recogerme. Con asombrosa puntualidad vino a por mí un coche grande y elegante de cristales ahumados.
Recuerdo que las oficinas estaban en un sitio enorme de forma pentagonal, tuve que pasar por fuertes medidas de seguridad. Por fin, llegué a una sala, en la que una atractiva secretaria me pidió amablemente que la siguiera, mientras recorríamos lo que parecía un pasillo interminable me explicó que en el edificio donde me hallaba trabajaban unas 23.000 personas distribuidas en 5 pisos con 5 corredores cada uno y que, pese a que hay 28,16 km de pasadizos, solo se requieren unos 7 min para caminar entre dos puntos cualesquiera del edificio, fue exactamente lo que tardamos en llegar a un pequeño despacho en el que me recibió un hombre alto y corpulento de edad indeterminada, me estrechó con fuerza la mano y con simpatía desbordarte me invitó a que me sentara. Seguidamente, sacó una carpeta de plástico del cajón de su mesa y durante unos 10 min empezó a detallar mi vida desde mi nacimiento hasta ese mismo día: nombre de mis padres, colegios, amigos, novias, trabajos… ni siquiera se le escaparon los 3 años que estuve jugueteando con las drogas. Todo aquello me empezaba a enojar, con toda la sequedad que me permitía mi educación hablé.
-¿En qué consiste el trabajo?
-Digamos que en mentir -dijo sin perder la sonrisa-.
-Creí que buscaban un incrédulo.
-Para ser un buen mentiroso, primero, hay que ser un gran incrédulo.
-Si es algo ilegal olvídese de mí.
-Créame que es legal, lo llevamos haciendo muchos años. No sé si esto que le voy a decir ahora logrará tranquilizarle pero es un trabajo para el Estado.
Transcurrió 1 min de incómodo silencio. Estaba empezando a perder mi paciencia ante tanto misterio, creo que él lo notó y su rictus se convirtió en seriedad, agarró mi mano casi de forma femenina y me habló como se le habla a un niño perdido.
-Mire, no podemos decirle en qué consiste el trabajo hasta saber si está preparado o no para él. Necesitamos 2 años para comprobarlo. Será un tiempo de aprendizaje para usted y para nosotros, para ello tendrá que vivir aquí con su familia. Le garantizo que se podrá marchar cuando quiera. Por supuesto, el tiempo que esté con nosotros percibirá unas cantidades muy suculentas. Le podemos cambiar la vida y usted nos la puede cambiar a todos nosotros, la única condición es que no le diremos en qué consiste el trabajo hasta el último día de entrenamiento.
Acepté. Fueron 2 años duros e interesantes. El aprendizaje consistía en saber cautivar, moverme, adivinar lo que no se dice con palabras... Me leía todas las mañanas los veinte periódicos más importantes del mundo, me enseñaron el conocimiento de los filósofos más importantes, supe los pros y los contras de todas las corrientes políticas. El entrenamiento no solo era mental, sino también físico (pesas, boxeo, natación, ajedrez…), pero la asignatura primordial o más relevante en la que no se podía flojear era la mentira, ellos me decían que lo tenía que hacer por el bien de la humanidad.
No me fue mal, fui un alumno aventajado. Según ellos, el mejor que nunca habían tenido, de hecho, fui el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos.
ASTEROIDE B331 (nuevo)
Mi asteroide pertenece a la misma región que los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Estos son los únicos que están habitados de los 420 que componen la región. Son tan pequeños que viven en ellos una sola persona. Yo nunca conocí a ninguno de mis vecinos, pero supe de su existencia por la única visita que recibí en todo aquel tiempo: un niño rubio de ojos enormes y curiosos.
Como muchos de vosotros habréis sospechado mi pequeño planeta es el octavo que visitó el Principito. Pero por alguna razón Antoine de Saint-Exupéry decidió no mencionarlo en su libro. Quizás no lo hizo porque era el menos interesante o tal vez simplemente el Principito no le habló de mí. ¿Quién sabe?
Ahora yo quiero contar aquí el encuentro que tuve con él principito, un encuentro que cambió mi vida
Mi asteroide no medía más de 100 m y solo poseía un manzano que daba peras, una roca que yo utilizaba de asiento para contemplar las estrellas y una vieja pala. Al estar más elevado que el planeta Tierra, se podía divisar la gran bola azul desde cualquiera de sus orillas. Parecía que de un salto pudiera llegar hasta ella, pero sabía que, en realidad, no era así. Mi sueño era salir de allí y volver a mi casa, pero no tenía ni idea de cómo y ya comenzaba a desesperar cuando una dulce voz me despertó una mañana:
-¿Para qué quieres una pala?
-¿Eh…?
-¿Para qué quieres una pala? –insistió la voz-.
Me froté con fuerza los ojos para verificar que no estaba soñando. Delante de mí había un niño de no más de 13 años vestido de azul y con una bufanda color oro mirándome como si lo que me estuviera preguntando fuera la cosa más seria del mundo.
-¿Para qué quieres una pala?
- Para nada, ya estaba aquí cuando llegué. ¿Y, tú, quién eres? ¿Y cómo has venido a parar a este lugar?
-¿No tienes curiosidad por saber si hay algo enterrado?
-¿Qué puede haber enterrado en este desierto? Dime… ¿has venido en algún tipo de artefacto?
-Podríamos intentar excavar. A lo mejor encontramos algo.
-¿Algo… como un tesoro?
-¿Un tesoro? Sí, eso, un tesoro.
-Un cofre con miles de monedas de oro -le dije burlonamente-.
-¿Es eso un tesoro?
-Claro, ¿qué es para ti un tesoro? -pero no quiso o no supo responderme-.
En los días siguientes aprendí que no debía hacerle preguntas a mi nuevo amigo. Nunca las contestaba. Sin embargo, él me podía hacer a mí cientos de ellas en tan solo una hora. Aunque su carácter me sacaba a veces de quicio, me alegraba tenerle cerca, ya no estaba solo. Me contaba historias de sus viajes, me hablaba de las personas que habitaban los otros asteroides y le encantaba que le dibujara los objetos más variopintos. Pero lo que más le gustaba era coger la vieja pala y excavar. Era incansable. Lo más sorprendente es que a lo largo de un día podía encontrar más de una veintena de objetos. Ninguno era de mucha utilidad: regaderas, zapatos, latas, sartenes…. Pero cada vez que encontraba uno me gritaba: “¡Mira, otro tesoro! Mi pequeño asteroide cada vez se parecía más a un viejo almacén abandonado.
Una noche estrellada mirábamos al planeta Tierra. Ese día se cumplía un año de mi llegada a mí extraño asteroide y yo estaba especialmente triste. El lo notó.
-Allí abajo está tu casa, ¿verdad?
-Sí.
- ¿Te gustaría volver?
-No hay nada en el mundo que desee más -le dije mientras se me escapaban las lágrimas-.
-Te cambio mi bufanda por tu pala.
-Para que voy a querer tu bufanda.
-Para volver a tu casa.
Me explicó que solo tenía que subirme a ella, como el que monta a una tabla, y dejarme caer, ella se deslizaría como una pluma hasta aterrizar en cualquier lugar de la Tierra. Cuando el misterio es demasiado impresionante es imposible desobedecer. ¿Y cómo volverás tú a tu casa?, Era inútil preguntárselo, nunca contesta las preguntas. Lo único que me dijo es que seguro que con su pala encontraría algo enterrado que le haría regresar. Yo le creí o le necesitaba creer.
Fui descendiendo como un avión de papel por el cosmos mientras el Principito me decía adiós con la mano.
Aún conservo su bufanda como el mayor de mis tesoros. El Principito me enseñó lo que es un tesoro.
EMPEZAR GANANDO, TERMINAR PERDIENDO
El dinero que perdí no era mío, era de mi padre. Todos sus ahorros. Lo conseguí convencer para que me lo prestara con la promesa de que se lo devolvería triplicado. Me faltó poco. Estuve ganando durante las tres primeras horas. Pero ese tío tuvo la suerte de cara y en cinco manos me dejó sin blanca. La historia de mi vida: “empezar ganando, terminar perdiendo”.
Mi idea era conducir hasta el próximo hotel de carretera medio decente y pegarme un tiro. Ya no tenía nada más que perder. Mis miles de líos me habían dejado solo. Lo sentía por mis padres, aunque pensándolo bien, quizás en el fondo desapareciendo les haría un favor. Ya no tendrían que acarrear con más disgustos.
Llegué de noche, llovía copiosamente. El hombre que me atendió en la recepción era un gordo que no paraba de sonreír y de contar chistes malos. En otro momento de mi vida me hubiera caído bien, pero en el actual tanta felicidad me molestaba. El único equipaje que llevaba conmigo era una pequeña bolsa con la pistola y el dinero. Le compré al gordito feliz una botella de whisky para anestesiar el alma y los sentidos en el momento del disparo.
Fuera seguía lloviendo. Ya casi no quedaba líquido en la botella. Me senté desnudo en la cama, introduje la pistola en mi boca y puse el dedo en el gatillo. Sentí que el cañón del arma no era lo suficientemente frío, que el whisky no cumplía con su misión, que la lluvia no era tan triste, que el pasado no pesaba tanto y que el futuro era de un gris oscuro que no llegaba a negro. Comencé a llorar como un niño. No tenía valor para hacerlo. Noté un cansancio proveniente de lo más profundo de mi alma. Mientras me quedaba dormido pensé que dos mil euros no era una mala cantidad para volver a tentar a la suerte.
